¡Que los alimentos y emociones sumen y nunca resten a mi vida! Esta frase es hoy uno de mis mottos. Sin embargo, por mucho tiempo esto me dio lo mismo. ¡Me valía un cacahuate!

  • ¿Cómo me alimentaba? Solía comer sin pensar si el platillo me gustaba o disgustaba (al fin era comida). Me alimentaba sin hacer conciencia de si los ingredientes me nutrían o no. Mientras más rápida y práctica fuera la “hora de comer”, mucho mejor. ¿Cocinar yo? ¡Dios me librara de ese tormento! Simplemente, no era mi lugar.
  • ¿Cómo eran mis emociones? “Sentía” mucho, conocía mi carácter y personalidad; sin embargo, no quería hacer un alto y reconocer cuáles eran esas emociones que en mi día a día se presentaban con mayor frecuencia y cómo repercutían en mi salud física, para bien o para mal. Si me enojaba, ya se me pasaría. Si me entristecía, buscaba olvidarme por completo de la causa (leer, irme por un café o ir de compras funcionaba). Si me sentía súper feliz, tampoco me detenía a agradecer con especial detalle a los causantes de esa felicidad, ni a apreciar la belleza que me rodeaba.

En fin. Tenía una falta de conciencia en mi alimentación y mis emociones. Tenía un desequilibrio. Y la realidad es que la vida no andaba caminando…¡corría frente a mi a 1,000 km/h! Así es que había que darle tiempo y prioridad a otras cosas más…importantes.

Hasta que un buen día me diagnosticaron cáncer de mama: a mis 36 años, recién casada, con una niña de 3 años y con una posición profesional de sueño. ¡Por increíble que parezca, en ese momento tan amargo algo hizo CLIC! Sí, el cáncer me dejó (y sigue dejando) cosas muy buenas pues ha contribuido a que “me caigan muchos veintes”. He descubierto que, actuando con conciencia y tomando decisiones que sumen a mi vida, puedo ser aún más feliz y plena que antes.

Fue en ese momento de prueba dónde comencé a regresar de alguna forma a la raíz: me propuse a hacer un alto en mi vida y cuestionarme muchas cosas básicas; definí valientemente y con ayuda de muchos nuevas prioridades; aprendí a escuchar  y a atender a mi cuerpo; me esforcé por comenzar a gozar de los detalles más pequeños –y aparentemente insignificantes- del día a día…

¿Qué me causó esta prueba? Decidí no detenerme mucho en esta pregunta. El cáncer ya estaba diagnosticado. Preferí tomar toda la energía, fuerza, amor que tenía y que me ofrecieron para buscar soluciones y aprender cómo mejorar mi vida; ¡cómo super-vivirla y no sobre-vivirla! Descubrí que la buena nutrición, el pensamiento positivo, la sólida relación con Dios y las sanas emociones tenían un impacto tremendamente poderoso en mi salud y recuperación. Fue entonces que me propuse compartir esto con otras personas fundando así Rosa es Rojo.

Rosa es Rojo nace como movimiento y como organización sin fines de lucro para ayudar a personas, especialmente mujeres latinas en Estados Unidos,  que viven situaciones difíciles, adversidades, retos, para aprender de ellos y lograr un BIENestar. Nuestra hipótesis es que, sea cuál sea la prueba que pasamos, si cuidamos lo que comemos, pensamos, sentimos y hacemos, tendremos las herramientas para APRENDER y SER MEJORES. Podemos CRECER pasada la tormenta.

Hoy en Rosa es Rojo nos dedicamos a formar y acompañar supervivientes.

¡Todo comienza por decidir SuperVivir! Si estás interesado en alguno de nuestros talleres o acompañamientos 1 a 1, basta con que te comuniques conmigo a través de este correo aidee@rosaesrojo.com

¡Me dará mucho gusto saber de ti!