Esta foto la tomé hace un par de meses. A la izquierda, Coach Susan. A la derecha, mi hija. Les cuento un poco la historia de esta fotografía.

 

María Andrea había comenzado a nadar en una nueva escuela hacía poco más de dos años. Ahí conoció a Coach Susan, quien fue su instructora. Al paso de unos meses Coach Susan fue promovida a algún puesto de supervisión: su nueva función era estar afuera de la alberca para apoyar a otros entrenadores y verificar que todas las clases se llevaran a cabo en tiempo y forma. Su habitual grito de “Mariaaaa, welcome back” nos avisaba de su presencia y bienvenida. María Andrea había hecho un lazo fuerte e inmediato con ella.

 

Paramos la natación durante el invierno y parte de la primavera; para ese entonces, María Andrea había avanzado ya cinco niveles en sus clases. Cuando decidimos re-ingresar, nos comunicaron que María Andrea necesitaría hacer una nueva evaluación para ubicarla en el nivel correcto, pues había dejado de nadar por varios meses.

 

El día que fui a inscribirla me avisaron que la única cita abierta para la evaluación era ese día por la tarde. Si no la tomaba, no podría inscribirla al menos por un par de meses mas. “Aquí estaremos listas en un par de horas”.

 

Era viernes. Apenas me dirigía a recoger a María Andrea de la escuela. A ella le gusta, más bien prefiere, digerir las cosas y cambios con tiempo, sobre todo si estas cosas y cambios implican más tensión que diversión. La evaluación de natación era una de estas situaciones.

 

Tan pronto estuve con ella a solas le comenté con tacto que en un par de horas tendría su evaluación de natación (incluí porras y efectos especiales). De manera casi inmediata entró en pánico. ¿Y cómo sacarla de ahí? Probé estrategias. Llegó mi marido. Probó otras estrategias. Nada.

 

“No iré”. “Odio la natación”. “Ya sé nadar”. “No conoceré a nadie en la nueva clase”. En medio de llanto y más llanto.

 

Finalmente apliqué el chantaje: si iba y hacía la evaluación, le prometía a cambio algo. ¡No fue la mejor forma de convencerla, lo sé! Sin embargo, esto ayudó para que se pusiera el traje de baño y se subiera al carro. Seguía en pánico.

 

Llegamos y unos cinco niños estaban listos para hacer su evaluación. Los llamaron y les pidieron ingresar a la alberca. María Andrea parecía una tabla rígida. Con esfuerzo estaba haciendo los “milestones” del nivel 1 o 2.

 

De repente escuchamos: “Mariaaaa, welcome back”. ¡Coach Susan! Coach Susan seguía “supervisando” pues estaba afuera de la alberca, con ropa y completamente seca. Pasaron sólo unos segundos desde que Coach Susan vio a María Andrea en la alberca para darse cuenta que algo no estaba bien. En el instante se quitó su ropa deportiva, se quedó en traje de baño y brincó a la alberca. Le pidió a María Andrea que se cambiara de carril para que ella personalmente le hiciera la evaluación. ¿Qué les puedo decir? María Andrea sintió que nadó como Phelps (era la época de las Olimpiadas). Hizo una evaluación increíble; hasta trató el nado mariposa =). Terminó la evaluación con una gran sonrisa en la cara. Lo disfrutó y aprendió.

 

Mi esposo y yo estábamos muy conmovidos y agradecidos en cómo ese acto de acompañamiento y confianza había ayudado a un resultado favorable, no sólo por el nivel de la natación en la que la ubicaron, sino porque se fue el pánico y lo mejor de todo, María Andrea había disfrutado el momento.

 

Pasaron los meses y las clases siguieron. Coach Susan siguió recibiendo a María Andrea con su tradicional estilo y siguió apoyando, sin meterse a la alberca, a los coaches.

 

Un buen día, María Andrea pasó a un nivel en el que necesitaba dejar la alberca “chiquita” e irse a la “grande”, a aquella dónde “ni siquiera mi papá alcanza el fondo”, en sus palabras.

 

En esa clase del cambio de nivel comencé a ver que estaba llorando con su coach. El resto de la clase estaba ya entrenando en la alberca grande y ella no. No hubo forma de que entrara. No-hubo-forma. A mi se me apachurraba el corazón desde las bancas dónde estábamos los papás esperando.

 

Al terminar la clase los niños comenzaron a salir. A veces son cientos de niños en un mismo horario y se hace un relajo. Esperaba a María Andrea y nada; no salía. Y no la veía por ningún lado. Comencé a preocuparme. Primero pregunté a sus compañeros; nada. Luego, a quién estuviera por ahí: “¿Dónde está María Andrea?!” (qué fácil es reconocer a una mamá latina en Estados Unidos pues se nos da el “gritar” con un poco de histeria; ¡más si se trata de buscar a los hijos perdidos! Jajaja).

 

“¿Dónde está María Andrea?!” Cuando por fin la vi, estaba con Coach Susan, en la alberca grande. Al salir, Coach Susan habló conmigo: “A partir de ahora, María Andrea llegará 10 minutos antes de su clase, pues tendremos ella y yo tiempo para estar en la nueva alberca. Luego, se reunirá con su clase y coach habitual”. Luego volteó con María Andrea y le dijo algo así: “Maria, mírame a los ojos: nadie te obliga a dar este paso; sin embargo, yo sé que tú estás lista. Si tú quieres, estaré contigo en las próximas clases, a tu lado, asegurándome que el miedo se vaya poco a poco. Tú y yo, tocaremos el fondo de la alberca. Te doy mi palabra”.

 

¿Eran acaso clases particulares que teníamos que pagar? No. Era simplemente Coach Susan haciendo lo que mejor sabe hacer: preservar a sus alumnos del miedo, dar seguridad y motivar para alcanzar metas grandes, retos que los lleven a crecer en todos los sentidos.

 

Qué lección. Y mi corazón explotaba de agradecimiento. Coach Susan me enseñó a “mojarme y aventarme” a la alberca aún cuando estoy completamente seca, aún cuando “no me toca”, aún cuando tengo más cosas qué hacer.

 

Y así comenzaron entonces los 10 minutos “extra” conociendo lo desconocido, por varios meses, hasta que llegó de nueva cuenta el invierno. ¡Ya casi es primavera! Contamos los días para regresar.

 

P.D. Días después de “conocer” la alberca grande, María Andrea me pidió ayuda para hacer sus galletas preferidas de jengibre y las entregó con esta nota: