¡Viernes por la tarde, casi de noche! Mi cirujano me llamó por teléfono. En esa llamada, me confirmó el resultado de la biopsia realizada. Su diagnóstico fue “cáncer de mama no diferenciado”.

 

¡Viernes en la tarde, casi de noche! Tendría que esperar dos larguísimos, casi interminables días para hablar con el que sería mi oncólogo.

 

Tenía un millón de preguntas. Yo quería que la llamada no terminara por nada del mundo. Sin embargo, eso no iba a ser así.

 

Y le digo: “Doctor, ¿Dígame usted qué hago mientras? ¡Veré al oncólogo hasta el lunes!” Y su respuesta ha sido de las más valiosas que he recibido: “Aideé, ve y compra un cuaderno”.

 

¿Un cuaderno? Hice caso a su recomendación. Fui y lo compré. ¡Siempre he sido bastante nerd! Fue un cuaderno nuevo, especial, que me cabía en mi bolsa. Lo podía tener en mi buró, a un lado de la cama. Me acompañaba a dónde iba.

 

Mi cirujano me dijo algo así: “De hoy en adelante, durante todo este camino para curar el cáncer, tendrás muchas preguntas y recibirás mucha información. Vas a conocer, al menos, 5 o 6 doctores con especialidades diferentes, que se encargarán de ti por un buen tiempo. Puede ser abrumador. Más vale que tengas dónde apuntar”.

 

Cirujano. Oncólogo. Radiólogo. Ginecólogo. Cirujano plástico. Nutriólogo. Terapeuta. Fisioterapeuta. Montón de enfermeras (que casi son las “todo-poderosas” en los consultorios). Esto sin contar los médicos y terapeutas complementarios o alternativos que vería.

 

¡Qué buen consejo! Demasiada información técnica y casual. Demasiados nombres de personas, medicinas, procedimientos. Las dudas y preguntas me llegaban a mitad de la noche, antes de entrar a las consultas, justo después de terminar las consultas, en pláticas con amigas, rezando en la iglesia, leyendo algún libro. A toda hora, mi cuaderno me ayudaba a poner un poco de organización en mi cabeza, pues en momentos de tanta tensión, no tenía muchos recursos para pensar ordenadamente. ¡Mi cerebro también estaba en shock!

 

Un cuaderno, algo tan sencillo, fue una extraordinaria herramienta para iniciar el camino de mi cura y devolverme un poco de cordura. Un cuaderno, me ayudó a tomar mejores decisiones, con base en la mucha información que iba recibiendo.

 

¡Entonces sí, mis doctores sudaban la gota gorda cuando llegaba a las consultas! Un día me tocó leer el reporte, que hizo mi oncólogo después de una de las consultas. Me dio risa leer que había invertido 15 minutos en revisarme y 45 minutos en responder a mis preguntas “muy bien sustentadas”.

 

Otros recursos alternos al “cuaderno”, pueden ser las versiones electrónicas: usar tu iPhone, tu iPad, etc. Funciona también, el llevar a algún familiar o amigo contigo a las consultas. Lo que no alcanzas a captar o digerir tú, lo capta y lo digiere quien te acompaña.

 

¡Un cuaderno! Aún lo tengo. Ya no lo uso. Mi cerebro volvió a tener recursos para organizarse. Y yo dejé de ver a tantos doctores con tanta frecuencia. Además, dejé de despertarme en medio de la noche, con preguntas e hipótesis.